La ciudad está allá afuera

La ciudad está allá afuera

 

Capítulo 1: la muerte de un Periodista

No quería creer la noticia. La vi en Facebook mientras divagaba por la red social. La fotografía del cuerpo inerte de Javier Valdez me sacudió tanto como lo hizo el atentado de ETA que viví en Navarra nueve años atrás. Una detonación capaz de recordar la fragilidad en la que vivimos. En Pamplona no hubo muertos ese día, en Culiacán, la de un Periodista. Nunca lo conocí y sin embargo lloré con amargura su muerte. 2017 se había convertido en el año en que intentaría volver a escribir o de buscar la manera de ejercer una carrera que sólo estudié. Pero leer el asesinato de uno de los líderes de comunicación más importante de la entidad y México fue precisamente otro atentado a la libertad intelectual. Un recordatorio de que si no te callas, te callo. La autocensura obligada por la cual he decidido vivir estos últimos siete años resonó en mi alma. Para los valientes que ejercen saben que si mataron a Javier Valdez, el resto peligra mucho más.

Recuerdo que después de la bomba en el Edificio Central, nos pidieron que no dejáramos de faltar a clases el día siguiente; si parábamos nuestras actividades, los terroristas habían triunfado. El eco de ese sentir volvió en mí el pasado 15 de mayo. El atentado sucedió durante la semana de las Jornadas Literarias de Gilberto Owen. Había un taller de crónica y diversas actividades como presentaciones de libros y lecturas en voz alta. Nada se suspendió, pero todo era teñido de negro ante la muerte de un gran cronista. Decidí acudir a lo que pudiera, esa sería mi protesta, seguir.

No sé si los asesinos estuvieron conscientes de que elegían una semana especial para los maestros, estudiantes y el entorno cultural de Sinaloa.

El jueves de esa semana se inauguró una exposición en el MASIN llamada la “La ciudad

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La exposición invita a reflexionar en la ciudad, en el entorno de vivienda y trabajo de otros, como el de un albañil. 

está allá afuera”, el museo estaba lleno también. Centenares de personas visitaron un espacio que ha decidido ser puente de diálogo para temas incómodos, para aquellos que deben estar en la opinión pública pero han dejado de ser leídos, escuchados o ya son tan incorregibles, que hemos resignado a vivir en un caos impune.

Conocí los escritos de Javier Valdez por una tareas que me traje a casa la Navidad del 2007. Fue un año en el que me planteé dejar la carrera; sus crónicas me inspiraron a seguirle. “Algún día quiero escribir así”, me dije. Estaba aprendiendo que para ser buen periodista se necesitaba saber de ortografía, indagar, tener una amplia capacidad de análisis, tener datos, comprobarlos, ser culto y sin duda, saber dónde estaba la noticia. Me sentía vulnerable ante ese mar de información incomprensible para mí. Los escritos de Valdez esa Navidad fueron capaces de mostrarme el significado de sensibilidad, de ver más allá de uno mismo para relatar la cultura y el día a día de una sociedad acostumbrada al narco. Sus crónicas le daban voz a los más vulnerables procurando evitar el amarillismo pero con la dosis suficiente de realismo. Creo que sus palabras intentaban ser bofetadas para nosotros los escondidos en la segura y cómoda rutina de la vida. Donde la regla implícita es que no te metas.

Pero algún día quería escribir como Javier y algún día quería tomar un taller con él, pero ya no está. Su muerte de alguna manera me ha reafirmado que los caminos paralelos forjados las últimas décadas, donde por un lado están “la gente de bien” y por el otro “los que andan por malos pasos”; son obsoletos. Las vías se cruzan, las muertes aumentan y se llevan consigo a inocentes. Es ridículo pensar en una confrontación directa. Ante una sociedad dormida, creo que las cachetadas verbales no despiertan a nadie. Debemos buscar caminos sutiles en los que se inicie un diálogo con menos miedo. La cultura en Sinaloa a través de distintos programas ciudadanos y que el mismo ISIC impulsa, empieza a tener sus frutos. También volteo a ver a las Instituciones de Asistencia Privada y Asociaciones Civiles. Pero hoy más que nunca debemos buscar un diálogo en común, dispuestos a poner a un lado nuestras diferencias y filosofías por nuestra ciudad. Eso de “cada quien por su cuenta”, ya no funciona.

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De turista por mi ciudad (visita al MASIN)

De turista por mi ciudad (visita al MASIN)

Finalmente pude visitar el  Masin (Museo de Arte de Sinaloa)  y las exposiciones que alberga en este momento. Empecé con la propuesta de la colección permanente, de la cual se seleccionaron algunas piezas para mostrar el concepto de la función social del arte. Ya había visto varios de estos cuadros en otras exhibiciones, pero me gustó volver a tener la oportunidad de apreciarlos,  porque cada ocasión te ofrece una nueva manera de interpretar lo que tienes frente a ti.

Este pequeño espacio fue un recordatorio de lo que desafortunadamente permanece siendo una realidad sinaloense, que por más que estemos hechos a ella, no significa que podamos olvidarla. La fotografía de la serie Tus pasos se perdieron en el paisaje de Fernando Brito, donde un cadáver forma parte del entorno de un campo, representa algo que sigue sucediendo y con indebida resignación, creo que seguirá. En esa misma sala hay un grabado en blanco y negro que no recuerdo su nombre o autor, pero me sigue impresionando. Parece como si fueran cuerpos anónimos suspendidos en el suelo esperando que pase una balacera. Como si pertenecieran a la colección de los olvidados, otra triste y permanente realidad de nuestro país y Estado. Al fondo de esta sala, hay un cuadro de un mendigo cuyos colores y personaje me recuerdan al Regreso del hijo pródigo de Rembrandt. El mendigo, esa persona que sigue existiendo en el mundo y nuestra ciudad. Algunos con razón y otros, por conveniencia y comodidad.

Continuo mi recorrido en la sala intermedia, la exposición se llama Exit, cartografía de la creatividad, una propuesta de A de A que reúne piezas contemporáneas de artistas que viven en México y Nueva York.

Pieza expuesta en Exit, cartografía de la creatividad.
Pieza expuesta en Exit, cartografía de la creatividad.

Quizá representen el deseo de recordar que lo decorativo también también puede tener un trasfondo. Creo que exterioriza el constante debate y derecho de las piezas artísticas estéticas. ¿Es posible que lo bello trascienda? Exit fue para mí ese querer que tienen diversos  jóvenes emergentes, los cuales no basan todos sus esfuerzos en una desgarradora denuncia social, sino también en el agradar.

La última exposición fue mi favorita. Alex Dorfsman me sorprendió con Confluencia Topográfica. Un conjunto de fotografías que en primer instante me recordaron a un arcoíris limitado a los colores fríos. Desde ese verde chillante que solamente puedes apreciar en las tierras que desconocen las sequías; pasando poco a poco por un amarillo, rojizo, café gris  y azul. El espectáculo de primera vista se atribuye al cuidado de cada fotografía seleccionada con tonalidades similares a las de sus vecinos. Cada una, al verse de cerca cuenta algo, es un detalle, un momento. Al lado de Dorfsman enentedí mi obsesión por querer tomar  fotos que en primer instante no dicen nada. Dejé de sentirme sola cuando decido fotografiar sin estar fisicamente presente. Sin que sea algo magnánimo pero más bien un extraordinario momento que representa el equilibrio de lo que veo en la vida. Me gustó tanto su propuesta que quiero basarme en ella para así poner las fotografías de nuestro viaje. No importa si estamos presentes o no en ellas. Serían más bien un breve resumen de la experiencia de nosotros como viajeros.

Terminé inspirada. Ese es el objetivo que yo le veo a un museo. Dejando a un lado la teoría, creo que una de sus responsabilidades es despertar en el hombre la inquietud de vivir creando.