La ciudad está allá afuera

La ciudad está allá afuera

 

Capítulo 1: la muerte de un Periodista

No quería creer la noticia. La vi en Facebook mientras divagaba por la red social. La fotografía del cuerpo inerte de Javier Valdez me sacudió tanto como lo hizo el atentado de ETA que viví en Navarra nueve años atrás. Una detonación capaz de recordar la fragilidad en la que vivimos. En Pamplona no hubo muertos ese día, en Culiacán, la de un Periodista. Nunca lo conocí y sin embargo lloré con amargura su muerte. 2017 se había convertido en el año en que intentaría volver a escribir o de buscar la manera de ejercer una carrera que sólo estudié. Pero leer el asesinato de uno de los líderes de comunicación más importante de la entidad y México fue precisamente otro atentado a la libertad intelectual. Un recordatorio de que si no te callas, te callo. La autocensura obligada por la cual he decidido vivir estos últimos siete años resonó en mi alma. Para los valientes que ejercen saben que si mataron a Javier Valdez, el resto peligra mucho más.

Recuerdo que después de la bomba en el Edificio Central, nos pidieron que no dejáramos de faltar a clases el día siguiente; si parábamos nuestras actividades, los terroristas habían triunfado. El eco de ese sentir volvió en mí el pasado 15 de mayo. El atentado sucedió durante la semana de las Jornadas Literarias de Gilberto Owen. Había un taller de crónica y diversas actividades como presentaciones de libros y lecturas en voz alta. Nada se suspendió, pero todo era teñido de negro ante la muerte de un gran cronista. Decidí acudir a lo que pudiera, esa sería mi protesta, seguir.

No sé si los asesinos estuvieron conscientes de que elegían una semana especial para los maestros, estudiantes y el entorno cultural de Sinaloa.

El jueves de esa semana se inauguró una exposición en el MASIN llamada la “La ciudad

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La exposición invita a reflexionar en la ciudad, en el entorno de vivienda y trabajo de otros, como el de un albañil. 

está allá afuera”, el museo estaba lleno también. Centenares de personas visitaron un espacio que ha decidido ser puente de diálogo para temas incómodos, para aquellos que deben estar en la opinión pública pero han dejado de ser leídos, escuchados o ya son tan incorregibles, que hemos resignado a vivir en un caos impune.

Conocí los escritos de Javier Valdez por una tareas que me traje a casa la Navidad del 2007. Fue un año en el que me planteé dejar la carrera; sus crónicas me inspiraron a seguirle. “Algún día quiero escribir así”, me dije. Estaba aprendiendo que para ser buen periodista se necesitaba saber de ortografía, indagar, tener una amplia capacidad de análisis, tener datos, comprobarlos, ser culto y sin duda, saber dónde estaba la noticia. Me sentía vulnerable ante ese mar de información incomprensible para mí. Los escritos de Valdez esa Navidad fueron capaces de mostrarme el significado de sensibilidad, de ver más allá de uno mismo para relatar la cultura y el día a día de una sociedad acostumbrada al narco. Sus crónicas le daban voz a los más vulnerables procurando evitar el amarillismo pero con la dosis suficiente de realismo. Creo que sus palabras intentaban ser bofetadas para nosotros los escondidos en la segura y cómoda rutina de la vida. Donde la regla implícita es que no te metas.

Pero algún día quería escribir como Javier y algún día quería tomar un taller con él, pero ya no está. Su muerte de alguna manera me ha reafirmado que los caminos paralelos forjados las últimas décadas, donde por un lado están “la gente de bien” y por el otro “los que andan por malos pasos”; son obsoletos. Las vías se cruzan, las muertes aumentan y se llevan consigo a inocentes. Es ridículo pensar en una confrontación directa. Ante una sociedad dormida, creo que las cachetadas verbales no despiertan a nadie. Debemos buscar caminos sutiles en los que se inicie un diálogo con menos miedo. La cultura en Sinaloa a través de distintos programas ciudadanos y que el mismo ISIC impulsa, empieza a tener sus frutos. También volteo a ver a las Instituciones de Asistencia Privada y Asociaciones Civiles. Pero hoy más que nunca debemos buscar un diálogo en común, dispuestos a poner a un lado nuestras diferencias y filosofías por nuestra ciudad. Eso de “cada quien por su cuenta”, ya no funciona.

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Ocio, arte y basura

Ocio, arte y basura

Decidimos cruzar el país de Norte a Sur para celebrar nuestro tercer aniversario. Nuestra primer parada fue Bacalar, el famoso lago de los siete colores. Pero éste parecía un movedizo estanque. El dueño del hotel boutique me comentó que el viento era ideal para un paseo en velero. La última y única vez que estuve en uno había sido en Puerto Vallarta, uno o dos días antes del huracán Manuel, las olas pronunciadas en el lago azul cristalino no me alentaban a pesar de no ser mar abierto.

Dejamos Bacalar para llegar a nuestro destino de los próximos días: Mahahual. Llegando al pueblo costero de Chetumal nos dirigimos al local de buceo recomendado por la Lonely Planet, Gypsea divers. Había dos letreros en la cabaña, uno que indicaba los horarios de apertura con un pequeño paréntesis que agregaba “most of the time“. Pero “casi todo el tiempo” no era en ese momento. Justo arriba había un pizarrón con las palabras más decepcionantes del día: “No habrá salidas por el clima”.

Caminamos un poco más por el hostal que acompañaba la diminuta tienda, solo había un bartender. Mientras Jorge era atendido, decidí pasear por el desertado malecón acompañada más que nada por el viento. En cuanto encontré a un vendedor de tours le pregunté el diagnóstico. “El puerto está cerrado por mal tiempo”. La condena hizo eco en mis oídos. “¿Cuánto durará así?”, le pregunté. “La experiencia de viejo marinero me dice que unos dos o tres días”. 2645 kilómetros recorridos con una enfermedad estomacal implacable para no poder explorar la vida marina. Sin querer resignarnos decidimos preguntar en otro local; confirmado. Durante el fin de semana no habría excursiones.

Vida en el coral
Un cuadro hecho a base de mosaicos de sandalias

Decepcionados por la catastrófica bienvenida nos dirigimos a nuestro pequeño hotel que se encontraba a media hora de distancia del pueblo. La fuerte brisa del mar estaba acompañada de olores putrefactos por el otro fenómeno de temporada que oscurecía las aguas turquesas del Caribe: el sargazo. El alga acumulada en la orilla del mar empezaba a secarse, despidiendo un olor similar al del desagüe con residuos estancados. El paisaje también estaba decorado con basura que el viento paseaba por la carretera y los múltiples terrenos en venta.

Chanclas para mosaico
La dueña aprovecha las chanclas que traer el mar para hacer arte.

A la llegada de las cabañas nos consoló lo acogedor del lugar. Estaba lejos, sí, pero el cuarto era grande, había muchos libros para consultar, unas hamacas y una vista prometedora frente al mar. El restaurante y bar estaban en la cabaña principal pegada a recepción. El ocio y la falta de quehacer volcaron mi atención a los cuadros que decoraban el espacio. Aquello que parecían pinturas representaban la vida del arrecife. Peces de múltiples colores, corales y el mar. Me gustaron tanto que empecé a preguntarle a nuestro anfitrión su origen:”Están hechos de chanclas” –me respondió– “la dueña del hotel los hizo”. Lo que tenía frente a mí eran piezas hechas por mosaicos, que en lugar de utilizar piedra, vidrio o cerámica eran retazos de sandalias.

“¿Todas vienen del mar?”, pregunté asombrada. “Sí, aquí recibimos basura de Centro América, Venezuela, Colombia, los cruceros… No sabemos por qué, pero tenemos mucha”.

La caminata del día siguiente verificó lo dicho por Martín, la costa estaba decorada por una guía de sargazo cuyas esferas eran basura de todo tipo. Quise reunir aunque fuera algunas chanclas, pero muy pronto mis manos se llenaron de éstas. También había muchas botellas de gatorade, champú,  cremas, refrescos, algunos sin siquiera ser abiertos, Jorge incluso se encontró una botella de cerveza de Venezuela. También electrodomésticos y platos desechables. Mis ojos comprobaban lo que había visto en videos muchos años antes. Cuando en Culiacán hablaban de la importancia de reciclar, evitar el consumo desmedido  y las imágenes de adónde iban todos los desechos. En el video que me pusieron hablaban de una isla en el pacífico, no de la costa Maya en el Atlántico. Martín también nos contó que las oleadas de basura a veces traen consigo droga, mercancía que los traficantes tuvieron que tirar para evitar el arresto de la Marina.

El último día de nuestra visita al segundo arrecife más grande del mundo tuvimos la suerte de poder  hacer esnorkel cerca de la residencia que nos hospedaba. “La punta” no tenía tanto sargazo y a poca distancia iniciaba el festín de colores con peces de diversas especies y tamaños. Aquello fue una probadita para dejarnos con ganas de volver en temporada buena. No pudimos conocer a la artista de los cuadros pero la hospitalidad de su personal, esposo y su creatividad e ingenio por hacer arte con desperdicios fueron el más grato recuerdo que me traje de ese pequeño oasis cerca de Mahahual.

Mi plaza favorita

Mi plaza favorita

Sevilla fue el primer lugar que conocí en mi primer viaje a Europa. Tiene recuerdos que me remontan a la visita que le hice a mi tía hace diecisiete años. Estuve un mes en ese lugar, sufriendo su calor seco, descubriendo el verdadero significado de la ausencia del aire acondicionado y enamorándome sin saber o sin entender del arte islámico. La belleza que tiene Sevilla viene precisamente de la herencia musulmana que conserva al día de hoy. Para una niña de trece es imposible ver aquello como una mezcla que representa la remota globalización. No tiene idea lo que es “un moro“,  aunque lo escuche constantemente cuando los locales se refieren a la historia de su tierra, y mucho menos que esto que ve enfrente es la sinergia de dos culturas: la cristiana y musulmana. Desde esa visita su lugar favorito fue la Plaza de España. Le fascinó su paz, el espacio tan amplio con su fuente, el agua que rodea a los puentes, sus torres puntiagudas, los arcos, el color ladrillo que predomina y combina perfectamente con los azulejos que lo decoran.

Casi veinte años después aprendí que el diseño está inspirado en el arte islámico. Esa paz tan específica solo la he sentido en recintos musulmanes; donde la arquitectura tiene un tinte religioso al buscar hacer un lugar sagrado de disfrute a quienes lo visitan con el fin de que la belleza y tranquilidad conduzcan al alma a una paz interior que induzca a una oración y convivencia fructífera.

Lo que más le sorprende es cómo D. Aníbal González Osorio fue capaz de concebir un proyecto arquitectónico donde supo fusionar la herencia histórica de Sevilla. Creo que la Plaza de España es tan hermosa precisamente porque acepta su identidad. Podemos ver las columnas romanas con los arcos, las cúpulas con tintes góticos erguidas sobre torres muy similares a algunos minaretes que forman parte de las mezquitas. Los faros de luz, la teja del techo y la fachada del centro del edificio similar a un palacio de monarquías europeas junto con esos espacios amplios con fuentes y estanques artificiales tan similares a los de herencia árabe.

Este lugar se fundó en 1929 para la Feria de las Américas y sin embargo, casi un siglo después, creo que es un símbolo de una región globalizada cuya riqueza cultural lo hace lo que es. Pensamos muchas veces nada más en el Islam como “terror”, sin ver lo que está en nuestras narices: sin ella, por lo menos los que tenemos herencia ibérica – mediterránea, no seríamos lo que somos. Cuando la razón es incapaz de entender, creo que vale la pena mirar el arte y retomar la historia.

plazadeespana

“Godinez” en la literatura

“Godinez” en la literatura

Lo vi mientras recogía el equipaje. Me quedé anonada y sin esa prudencia que uno debe tener al observar a un completo extraño. Era delgado, estatura baja, cabello gris al raz, lentes de pasta, corbata roja, camisa de manga larga fajada, encorbado, mirada perdida y aburrida. ¡Era él! Akakiy Akakievich, Bartleby el escribiente, Filiberto. Era el protagonista del autor ruso, Nicolai  Gógol, del escritor estadounidense, Hermann Melville o del narrador mexicano, Carlos Fuentes. Le quería tomar una foto, pero me contuve. Sabía que era una falta de respeto, jamás podría decirle: “Usted me recuerda al funcionario ingenuo y estrambótico de unos cuentos cortos que he leído. Usted representa la inspiración de lo que yo entiendo como estereotipo Godínez”. 

Godínez es una forma sarcástica y autoburlesca de mencionar a quienes trabajan en una oficina con un horario fijo. Este apodo viene de un personaje del Chavo del 8, el cual era un compañero de  la escuela que le gustaba la vía más fácil de hacer las cosas y evadir responsabilidades.

A quienes se les apodó realmente Godínez era a los burócratas. Precisamente por esa fama de hacer el mínimo esfuerzo y evadir al máximo sus responsabilidades. Pero este personaje es más antiguo que “el Chavo”, ha sido el protagonista de diversos cuentos cortos:  Gógol escribió El Capote entre 1839 y 1841. Hermann Melville publicó Bartleby el escribiente en Putnam´s Magazine en 1853. Cuentos Sobrenaturales de  Carlos Fuentes publicó  en 1954 el Chac Mool

Akakiy, Bartleby y Filiberto comparten lo absurdo empezando por sus nombres, su trabajo de funcionarios, el objeto de burla en el que se convierten por su carácter estrambótico que llega a desesperar al lector. De los tres, el único que tiene amigos es el mexicano, Filiberto. Pero los tres también comparten una fijación: Bartelby, por no hacer nada, y su irritante frase: “prefería no hacerlo”. Akakiy, ¡su abrigo! El cual se convierte en su “todo”, su motivación y razón de vivir. El pobre Filiberto es coleccionista de arte indígena  y fue consumido por una de sus estatuillas.

Por su puesto que cada cuento tiene una trama y contexto muy distinto. Akakiy Akakievich vive en la antigua capital rusa, San Petesburgo y el frío de este lugar provoca que tenga que comprar un abrigo nuevo, por el cual se le van todos sus ahorros e incluso hace sacrificios por él. Ese frío es el que provoca que su rutinaria vida cambie. En el caso de Bartleby, su jefe, un abogado de Wallstreet, es quien te cuenta su historia en su lucha por entenderlo o perdonarse porque él también dejó de ser predecible… y por último, Filiberto, quien vive en el D.F., la historia la cuenta un compañero de trabajo y su diario que encontró entre sus restos tras morir en Acapulco.

Me parece extraordinaria la idea de estos autores para relatar el contexto social de su país a través de uno de las profesiones más antiguas de la historia. Una, que parece no cambiar. Sé que “Godínez” ya no solamente son los funcionarios, sino que nos sentimos identificados quienes una vez estuvimos o los que están en una oficina con horario fijo y un uniforme: sabes realmente lo que  ese traje puede llegar a representar. Amo los memes que veo de vez en cuando: la comida en la oficina, el recelo que tienes por quien agarró tu comida del refrigerador, ¡la pluma! ¿por qué las plumas siempre desaparecen?, la añoranza a la quincena. Pero en ese ambiente, sigue existiendo el que va más en serio, pulcro pero con un defecto físico muy notorio, el que no se ríe, el que te da miedo pedirle un favor aunque veas que ya no tiene qué hacer, el que sabes que nunca podrá estar en ventas porque volvería loco al cliente, el que tiene una fijación por algo. ¡Dios mío! Por eso se me hicieron tan extraordinarios los cuentos que leí, porque hablan  de forma sarcástica de un personaje que ha trascendido generaciones.

Chica de provincia visita el D.F.

Chica de provincia visita el D.F.

Para mí la ciudad de México siempre ha sido sinónimo de muchísimo tráfico e inseguridad. Nada más me acuerdo de dos veces en los que estuve de vacaciones. La primera, fue a los siete años, mi primer viaje sola con mis primas y cuidada por mis tíos. La segunda, diez años después, cuando mis  primas y yo aprovechamos llegar unos días antes a la boda de otra prima (en México las familias son grandes, además, si no son primas de sangre, son “de cariño”). El resto de oportunidades que he tenido de visitar la capital han sido  por horas o los menos días posibles. Nunca para disfrutar, más bien, para sacar trámites legales (visas), de escala o citas con el doctor. No sé por qué, pero esa ciudad de veintidós millones de habitantes era en mi cabeza sinónimo de caos, nada más.

Como si las noticias y los relatos de otros provincianos me sembraran el mismo terror que la bruja le da a Rapunzel. Me da hasta risa pensar ahora que por muchos años ni siquiera me moví del consultorio del doctor al que visito en el D.F. nada más porque de frente, estaba la enorme e intimidante avenida de Insurgentes, pero del lado opuesto,  siempre estuvo una de los barrios más bonitos y seguros: La Condesa (específicamente, Avenida Amsterdam, vista por varios chilangos, como la mejor zona de ese barrio). Bien es verdad que hace diez años o tenías tu taxista de confianza o un chofer privado que te llevara a las vueltas durante el día. Agarrar un taxi de la calle era poner en grave riesgo tu vida. Es hasta hace poco que empecé a entender por qué les cuesta tanto regresar a su ciudad a los de provincia que  se van a vivir al D.F. También acabo de caer en cuenta, que quienes vuelven, a los tantos años sus hijos deciden vivir allá.

El D.F. es una ciudad de cultura, competencia, historia y contrastes. Tiene la misma capacidad de cualquier ciudad cosmopolita en el mundo, una forma de hacerte sentir vivo, pequeño, de mundo, ingenuo, audaz. Esa revolución limitada a las ciudades vistas como hervideros de ideas, creatividad y riesgos. De las que para algunos bastan días, otros meses, hay quienes necesitan años y siempre están los que una vida apenas es suficiente.

La semana pasada Jorge y yo pasamos unos días disfrutando las cuatro cosas que a Jorge le gusta hacer en las ciudades grandes: caminar, comer rico, visitar museos e ir a un musical u obra de teatro.

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En las calles de Coyoacán

Caminamos por Coyoacán, Condesa, Polanco, Reforma y el Centro Histórico. La diversidad que se ve en cada zona es parte de lo único que hace esta ciudad. Coyoacán es el lugar por excelencia de los tianguis o flea markets (mercado ambulante donde se venden diversos artículos, algunos usados, otros no). Ahí vas encontrar distintos puestos con bisutería, decoración, ropa, ornamentos indígenas, hindús, dulces típicos, especies, en fin, lo que en México se conoce como chácharas, aquellas cosas que realmente no necesitas pero sirven como recuerdos. Además, Coyoacán es el lugar a visitar si buscas esa parte de México en la que se entremezcla la arquitectura virreinal con el toque de cultura indígena. Coyoacán es más bien para disfrutar su mercado y comer unas quesadillas de huitlacoche o flor de calabaza.

La Condesa por su parte es una zona de buena ubicación por su conectividad a la ciudad. En términos citadinos, aunque haya lugares de media hora de distancia (dos o más horas con tráfico), está conectada. En muchas revistas se le compara con Soho de Nueva York, por ser el lugar de jóvenes, muchos restaurantes, bistros y con ese toque de efervescente creatividad.

Caminar por el paseo de la Reforma, es sentirte en el corazón de la ciudad, alzar tu mirada y ver el Ángel de la Independencia mientras escuchas y ves los carros pasar a la velocidad que el tráfico se los permita.

Cuando llegas a Polanco te sientes en esa especie de disneylandia, un mundo aparte, ajeno y chic. Los Campos Eliseos (evoca la famosa avenida parisina) es la calle de Polanquito donde se ubican todo tipo de restaurantes del bien comer. Algunos de firmas mexicanas y otros de renombre  internacional.

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Palacio de Bellas Artes

El Centro Histórico es el lugar donde todo empezó. Donde los Aztecas fundaron la capital de Tenochtitlán en el siglo XIV. La cual Hernán Cortés transformó en ciudad virreinal de Nueva España en el siglo XVI. En el alma de la ciudad de México está la Plaza de la Constitución (el Zócalo)  donde cada 16 de septiembre el Presidente da el grito de Independencia. En ella se encuentra la Catedral Metropolitana, Bellas Artes, el Museo del Templo Mayor, museos históricos de diversas índoles, oficinas administrativas de Gobierno y un ancho paseo peatonal donde los vendedores te gritan para que te animes a comprar con ellos lentes. Hay tiendas de todo, desde artículos religiosos hasta papelerías y tiendas de ropa de marcas internacionales. Es una zona bulliciosa, repleta de personas que van a trabajar, estudiantes y turistas.

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Museo Soumaya, de Fundación Carlos Slim

Tal vez para quienes quieran vivir “el auténtico México”, Polanco, la Condesa o Santa Fé sean una decepción, pero hay algo muy importante que uno debe entender al hablar de México: es un país repleto de contrastes. Su capital es ejemplo de ello, te ayuda a comprender que México es uno de los países más desiguales del mundo, en el que 53.3 millones son pobres.  Podrás ver una zona financiera comparable con las de las ciudades más importantes del mundo, pero a unas cuadras se encuentran los barrios más pobres y peligrosos. Al ir en taxi o Uber (una alternativa actual que sientes mucho más barata y segura que tomar un taxi de la calle) vas a pasar por vecindades, por más que estés en la vía rápida de Periférico, desde ahí verás casas pequeñas, zonas descuidadas y respirarás olores de todo tipo.

La ciudad de México tiene muchísimo que enseñar. A pesar de su corrupto Gobierno, el volverla a convertir en una ciudad para disfrutar (por supuesto, siempre con el colmillo que un mexicano sabe no debe descuidar) hace que merezca la pena dedicarle unos días. Sobre todo porque el dólar ésta haciendo que Estados Unidos pase a otro plano…

De turista por mi ciudad (visita al MASIN)

De turista por mi ciudad (visita al MASIN)

Finalmente pude visitar el  Masin (Museo de Arte de Sinaloa)  y las exposiciones que alberga en este momento. Empecé con la propuesta de la colección permanente, de la cual se seleccionaron algunas piezas para mostrar el concepto de la función social del arte. Ya había visto varios de estos cuadros en otras exhibiciones, pero me gustó volver a tener la oportunidad de apreciarlos,  porque cada ocasión te ofrece una nueva manera de interpretar lo que tienes frente a ti.

Este pequeño espacio fue un recordatorio de lo que desafortunadamente permanece siendo una realidad sinaloense, que por más que estemos hechos a ella, no significa que podamos olvidarla. La fotografía de la serie Tus pasos se perdieron en el paisaje de Fernando Brito, donde un cadáver forma parte del entorno de un campo, representa algo que sigue sucediendo y con indebida resignación, creo que seguirá. En esa misma sala hay un grabado en blanco y negro que no recuerdo su nombre o autor, pero me sigue impresionando. Parece como si fueran cuerpos anónimos suspendidos en el suelo esperando que pase una balacera. Como si pertenecieran a la colección de los olvidados, otra triste y permanente realidad de nuestro país y Estado. Al fondo de esta sala, hay un cuadro de un mendigo cuyos colores y personaje me recuerdan al Regreso del hijo pródigo de Rembrandt. El mendigo, esa persona que sigue existiendo en el mundo y nuestra ciudad. Algunos con razón y otros, por conveniencia y comodidad.

Continuo mi recorrido en la sala intermedia, la exposición se llama Exit, cartografía de la creatividad, una propuesta de A de A que reúne piezas contemporáneas de artistas que viven en México y Nueva York.

Pieza expuesta en Exit, cartografía de la creatividad.
Pieza expuesta en Exit, cartografía de la creatividad.

Quizá representen el deseo de recordar que lo decorativo también también puede tener un trasfondo. Creo que exterioriza el constante debate y derecho de las piezas artísticas estéticas. ¿Es posible que lo bello trascienda? Exit fue para mí ese querer que tienen diversos  jóvenes emergentes, los cuales no basan todos sus esfuerzos en una desgarradora denuncia social, sino también en el agradar.

La última exposición fue mi favorita. Alex Dorfsman me sorprendió con Confluencia Topográfica. Un conjunto de fotografías que en primer instante me recordaron a un arcoíris limitado a los colores fríos. Desde ese verde chillante que solamente puedes apreciar en las tierras que desconocen las sequías; pasando poco a poco por un amarillo, rojizo, café gris  y azul. El espectáculo de primera vista se atribuye al cuidado de cada fotografía seleccionada con tonalidades similares a las de sus vecinos. Cada una, al verse de cerca cuenta algo, es un detalle, un momento. Al lado de Dorfsman enentedí mi obsesión por querer tomar  fotos que en primer instante no dicen nada. Dejé de sentirme sola cuando decido fotografiar sin estar fisicamente presente. Sin que sea algo magnánimo pero más bien un extraordinario momento que representa el equilibrio de lo que veo en la vida. Me gustó tanto su propuesta que quiero basarme en ella para así poner las fotografías de nuestro viaje. No importa si estamos presentes o no en ellas. Serían más bien un breve resumen de la experiencia de nosotros como viajeros.

Terminé inspirada. Ese es el objetivo que yo le veo a un museo. Dejando a un lado la teoría, creo que una de sus responsabilidades es despertar en el hombre la inquietud de vivir creando.