En busca de saxo 

Todo empezó con un vino, un tinto de color casi morado. “Con cuerpo”, como diría Jorge, Sabor afrutado (perdón, no soy de las que distingo los sabores de vainilla, berries, barrica… Ni nada de eso) y lo suficientemente suave para que no se me hiciera seco. Era especial, el equilibrio para un paladar de experiencia y curiosidad como el de Jorge y a la vez como el mío, que acababa de enterarse que tempranillo era una uva y no aquel vino producido durante el año en curso.

 Se llamaba Saxo, una botella sencilla, con un saxofón en su etiqueta con costo 165 pesos y producido en el Valle de Guadalupe. Jorge lo descubrió en Walmart durante su búsqueda de buenos tintos mexicanos con precio debajo de los doscientos pesos. Es un vino de mesa, que si sobra un poco, sabe mejor al día siguiente. Pero así como lo encontramos, así como desapareció de los anaqueles.  Desde entonces se convirtió en nuestra obsesión. Lo empezamos a buscar en otros lados sin éxito. Seguimos probando vinos, ninguno lograba satisfacernos a los dos como éste. Buscamos en internet, una vaga descripción, nada más. Pasaron los meses. Llegó nuestro aniversario de bodas y el cumpleaños de Jorge. Fuimos a festejar al Valle de Guadalupe, destino perfecto para indagar, para buscarlo y tal vez reencontrarnos con él.

Llegamos a la ruta del vino en una tarde nublada, fría y húmeda. Una bruma espesa protegía los viñedos de la región. Era mayo, un mes distante a la vendimia pero con eventos que preparaban a los locales para las famosas fiestas de la recolección de la uva. Al día siguiente de nuestra llegada iniciamos con la firme intención de ir a diferentes vinícolas a catar. A diferencia del Valle de Napa, el Valle de Guadalupe es un lugar en desarrollo para el turismo. Pareciera que no existe la urgencia de vender, cada casa apenas documenta su historia por escrito o en imágenes, su fuerte sigue siendo lo oral, la experiencia vivida por generaciones y transmitido de padre a hijo, de vendedor a vendedor. Se ven mini vans turísticas pero no algo atosigante ni tan institucionalizado. 

Nuestra primera parada fue Adobe Guadalupe. Había gente dispersa, pero nadie en las bancas para catar su vino. Mientras nos servía la vendedora, me pusé a platicar con ella. Era una mujer prudente. No fue capacitada para su trabajo, más bien creció en él, durante veinte años había servido a Domecq, su historia y su familia eran parte de aquello; de un vivir que se transpira en el celo con el que defienden el vino de la zona y no la  marca que representan. 

Aproveché su amabilidad para preguntarle sobre Saxo. Nada. Jorge le explicó dónde era producido. “De seguro es de la escuelita”. Dijo la vendedora. Le habló a otra encargada. Lo confirmó, no lo conocían, pero repitió que tal vez era de “la escuelita“.  “¿La escuelita?”, pregunté. Nos explicaron que es el seudónimo de la estación de oficios del Porvenir. Un proyecto del famoso enológo de Casa de Piedra, Hugo D’Acosta, cuyo fin es enseñar a hacer vino. Quiso aprovechar  la noción de una “vinícola pública”, existente en los viñedos del Valle, para que todo el mundo pudiera estar en contacto con la producción, hacer vino con asesoría, dirección y entusiasmo. De esta manera, se aprovecharía la agricultura de la zona para ofrecer una producción y venta más barata de vinos de la región.

En otras palabras: el vino que buscábamos pudo haber sido creado por uno de los estudiantes, con una producción limitada y por ende, tal vez ya inexistente.  Nos recomendaron visitar la escuelita,  pero si estaba cerrada,  nos sugirieron la tienda La contra ubicada en Ensenada, al lado del famoso restaurante Manzanilla. Por lo que entendimos, ésta era de los mismos de la “Escuelita” y ahí tal vez podrían decirnos algo de Saxo. En la noche fuimos al Manzanilla a cenar. Repetimos la pregunta, le hablaron a la vendedora de La Contra, Nada. 

“La escuelita” en El Valle de Guadalupe

A principios de Junio fuimos a León para la boda de mi cuñada. ¡Jorge encontró Saxo otra vez! Llegó emocionado con dos botellas para llevarnos. A mediados de este mes visitamos Los Cabos con mi familia. ¡Lo volvimos a ver en Walmart¡

Estamos de vuelta en León, mi cuñada nos habló de la nueva tienda de vinos, La Contra. Dijo que a Jorge le encantaría porque venden puro vino mexicano, cerveza artesanal y poco más. En nuestra visita decidí preguntar una vez más pregunté por Saxo. La vendedora no sabía de él, pero le platiqué la historia con nostalgia… Seguimos un rato viendo  sus productos, mientras Jorge y la chica seguían hablando, me puse a ver el resto de la tienda. Me llamó la atención el otro vendedor: desarreglado, con una chamarra y cachucha deportiva, anonado en su celular, sin el mínimo interés o iniciativa de ayudar a su compañera. Me pregunté si sería el de caja o el de los quesos… Pasaron más minutos y Jorge finalmente llegó con un vino para comprar. Antes de salir, me recordó que esta era la misma tienda de Manzanilla en Enseneda. Retomé a Saxo, le dije a la chica con vaga esperanza que esa era la tienda que nos habían sugerido para encontrar respuestas. Sonrió. El joven levantó su mirada del celular, no sé si harto de escuchar mi obsesión o si realmente tenía ganas de responder. Nos dijo que Saxo sí se creó en la escuelita, nos explicó que era casi el mismo sabor de El Porvenir, que variaban ligeramente, pero compartían barrica. Que de hecho por eso la producción era tan inestable, con meses sí y otros no. Ahora la anonada era yo. Le agradecí su respuesta y nos fuimos. 

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Frontera con Asia

En nuestro décimo sexto día en Rusia nos tocaba vivir la extraordinaria experiencia de estar en dos continentes al mismo tiempo. A pocos kilómetros de Ekaterimburgo yacen los Montes Urales, considerados la frontera natural que existe entre Europa y Asia. En medio de ellos hay un monumento que honra aquella gran división. Al estar tan cerca, no podíamos dejar la oportunidad de visitarlo, como si estar en él nos permitiera despedirnos de lo conocido, que era Europa y entráramos a lo nuevo e intrigante: Asia.

Salimos del hotel de Ekaterimburgo sin prisa alguna. Eran las 12:20 de medio día y decidimos caminar a la estación de autobuses para despedirnos de la ciudad disfrutándola sin la velocidad de un carro. El cielo gris potenciaba los colores de la moderna ciudad con su río artificial (realmente es una represa) que enaltece la combinación de rascacielos con edificios pequeños que conservan el toque de inicios del siglo XX.Cincuenta minutos más tarde llegamos a la estación. Sin saber una pizca de ruso pero con la seguridad de viajeros experimentados, nuestro medio de comunicación era un post-it escrito por la recepcionista del Park Inn. La primera cajera con la que interactuamos nos señaló el exterior. Al parecer, debíamos comprar los boletos en las ventanillas de afuera. Lo intentamos de nuevo. Jorge volvió a entregar el post-it a otra vendedora, la cual nos escribió el precio a pagar y nos señaló el autobús que salía rumbo a Pervouralsk a la 1:30.
Cuando subimos al camión volvimos a enseñar nuestro destino por escrito a quien estaba recibiendo los billetes. Ella nos indicó con ademanes que nos sentáramos adelante, justo al lado del chofer. Antes de que se bajara, le dijo al conductor a dónde íbamos. Al salir de Ekaterimburgo vimos la hora, sabíamos que el lugar estaba como a cuarenta minutos y empezamos a calcular el tiempo. A las 2:10 pasamos por un “museo” o más bien un conjunto arquitectónico que conserva el diseño de las comunidades rusas del siglo pasado. Un diminuto pueblo similar al que vivía Tevye del Violinista en el tejado. Con la iglesia y las casas todas hechas de madera  cuyo predominante color es el café intenso de los troncos. Quince minutos después el chofer se paró frente a un mini monumento, abrió la puerta y nos indicó con señas que siguiéramos el sendero.
Nos bajamos en medio de la nada. Ni siquiera había una parada de autobús, simplemente una carretera rodeada de gigantescos pinos infinitos que cambiaban de color verde a amarillo y naranja. Caminamos un poco para ver un poste de cemento un escaso metro, metro y medio. ¿Sería esta pequeñez la causa por la que viajamos una hora y decidimos pararnos en un lugar tan desolado? Después de un par de fotos, seguimos el camino y encontramos el verdadero monumento que honra la división entre los continentes. Aquello era grande, pero comparado con la inmensidad del bosque que lo rodeaba, seguía siendo insignificante. Jugamos un poco con la línea divisora, Tomamos más fotos y videos. Apenas habían pasado cinco minutos y otra vez nos acompañó silencio. El frío y los nervios empezaban a hacer de las suyas, no pude disfrutar la belleza de aquella maravilla natural por la incertidumbre de la situación. Nada más había una torre de control, bancas para sentarse, una herrería de corazón cubierta de candados y un poste con letreros erguidos que indicaban diferentes destinos: Ekaterimburgo: 30 km. 5km: el pueblo más cercano, impronunciable para nosotros.Había varios caminos por el bosque intimidante y misterioso. Pero la carretera casi desierta nos dio más seguridad, caminamos unos minutos… Nada. Nada se veía cerca. Regresamos a la torre de control donde un guardia nos confirmó (como pudo) que en quince minutos veríamos el pueblo. Caminábamos callados. Con un comentario forzado para romper el hielo provocado por la ansiedad. Pasadas las cinco de la tarde salía nuestro tren de Ekaterimburgo rumbo Irskurst. Finalmente vimos unas chimeneas, después una gasolinera. cruzamos la carretera para preguntar en un café. Entramos. Un joven nos atendió con señas y palabras modificadas. Sin inglés y menos español, Jorge pudo decirle que íbamos a Ekaterimburgo gracias a un billete cuyo dibujo representaba esta ciudad. Nos acompañó afuera del bar para indicarnos dónde estaba la parada. Jorge simuló un reloj en su muñeca izquierda para preguntarle en cuánto tiempo. El muchacho nos escribió en la calculadora del iPhone,15-20. Vimos pasar un camión con nuestro rumbo, pero todavía no llegábamos a la parada. Eran las tres cuando preguntamos; nuestro taxi programado pasaría a recogernos al hotel al quince para las cuatro y nosotros, todavía sin forma de regresar a la ciudad. Vimos pasar rumbo al pueblo dos autobuses, concluimos que tenían que volver. Esperamos en la parada, un carro se detuvo por si queríamos raite, pero no nos atrevimos. A lo lejos vimos el camión, esperamos, levantamos la mano y se paró.

¿железнодорожная станция?

¿железнодорожная станция?

Dándole seguimiento a las entradas de Rusia: Barreras y Россия (Barreras, parte 2) quise continuar la historia de cuando nos hizo falta saber un poco de ruso:

La primera vez que me sentí perdida en Rusia fue en la estación de trenes. Rusia tiene nueve usos horarios pero todas las estaciones de tren están configuradas al horario de Moscú. ¿Qué quiero decir con esto? que no importa la hora de la ciudad en la que te encuentres, a la hora de fijarte en tu boleto de tren, la hora de salida está coordinada a la de Moscú. Digamos, si estás en Ekaterimburgo y son cuatro horas más que en Moscú, no te debes guiar por la hora de la ciudad que visitas, sino de la capital. O sea, si tu boleto dice que sales a la trece horas, eso significa que sales a diecisiete horas de Ekaterimburgo. ¿Confuso no? Pero no se te debe escapar por nada del mundo. Gracias a Dios Jorge y yo siempre estuvimos puntuales a la hora Moscú en la estación de trenes de donde saldríamos.

La otra curiosidad es que cuando te indican en qué anden, hay dos números. Uno, que es para el andén y el otro para la vía (me había toca que este fuera con A, B, C… pero jamás con números). Sí, la primera vez que quisimos llegar a nuestro andén en uno de los pueblos Jorge y yo estábamos literalmente perdidos. Quisimos aplicar la de “Vicente” (adonde va la gente) y casi nos subimos al tren equivocado.

Viajamos con la guía de Lonely Planet pero se nos escapó por completo ese detalle que venía en las letras chiquitas.  Aquí adjunto dos páginas de la guía que haberles puesto más atención nos hubiera servido mucho:

consejos
 En esta sección del libro llamada “Life on the rails”, vienen consejos a seguir para hacer el transiberiano, uno de ellos menciona que debes esperar a que se muestre el  andén (platform) y la vía (track) y te viene cómo se escribe y cómo debes buscarlo en tu boleto.

boletodetren
Esta imagen también viene en el libro y te dice cómo interpretar el boleto de tren ruso.
Después de esta experiencia, empezamos a entender que además de las barreras que traen el cambio de idioma y alfabeto, está la de usos y costumbres. La cual es todavía más compleja de interpretar.

 

 

 

 

 

 

Hacer la maleta…

Hacer la maleta siempre es una odisea, sobre todo porque cada salida tiene sus singularidades. Por ejemplo, es  muy distinto empacar para una boda que para un viaje de aventura. 

Situación actual:

  • Próximo viaje: Boda de mi cuñada
  • Máximo de peso permitido: 15kg 
  • Total de días fuera: 5
  • Eventos a asistir 2-3 

El peso permitido por cada aerolínea junto con la necesidad de ser práctica, ligera pero a la vez mujer hicieron que les quisiera compartir los detalles que tomo en cuenta antes de empacar. 

  1. El clima: la boda es en el centro de México, se supone que durante el verano es la temporada de lluvias, las cuales no han empezado; por lo que voy a un lugar que está a 30-35 grados, pero que las casas no tienen las instalaciones para sufrir esos calores, agregándole la alta posibilidad de que puede llover cualquier día y refrescar (una baja de casi 10 grados). 
  2. El peso y dimensiones del equipaje: En esta ocasión me tocó viajar  en tres aerolíneas distintas donde cada una tiene su máximo de peso y dimensiones de maleta; no hay peor sorpresa que un cargo extra, por lo que me aseguré de estar bien informada antes de llegar al aeropuerto y evitar un trago amargo. 
  3. ¿Cuántos cambios necesito? Cada viaje tiene sus exigencias, en lugar de echar “para lo que salga”; trato de organizar mis outfits de acuerdo al plan (nunca está de más llevar una blusa de color neutro casual que con un collar se vea formal).
  4. Accesorios y zapatos para repetir: Trata de que los tenis o flats que lleves combinen con tus atuendos, así los usas más de una vez. Si necesitas tacones o plataformas, lleva unos que queden con todo, pesen poco y  abarquen poco espacio. Lo mismo te recomiendo con los accesorios, sobre todo si son voluminosos. 
  5. Ten muy claro qué puedes repetir. Por ejemplo: tu atuendo de ida y vuelta y ni se digan los pantalones. 
  6. Si hace calor: faldas, vestidos o shorts. Pesan mucho menos. 
  7. Si no tienes preferencias de champú y crema, recuerda que en casi todos los hoteles hay. Si sí, olvida los botes de litro y compra los de 100 ml. 
  8. Pero que no se olvide: el desodorante, cepillo y pasta de dientes, cepillo, spray o gel para peinarte, jabón facial, broches, ligas y… Agua, antes de llegar al hotel, depa, hostal… Compra tu botella de agua. Es horrible llegar  y ver que no haya, o peor aún, que te cobren el triple por ella. 
  9. Lo que siempre debes traer: ropa interior, un suéter y traje de baño. 
  10. Si vas a una boda: recuerda que el día de la boda no sólo debes llevar lo que te vas a poner para el evento, también un cambio casual (que puedes repetir después) para traer durante el día. Se los digo porque ya me ha pasado; contemplo todo menos ese rato de ocio. 
  11. Si te gusta hacer ejercicio, piensa en rutinas de piso para evitar él peso y espacio de unos tenis (muchas veces me los he llevado y regresan sin usarse). 
  12. Piensa en tu pareja: Si viajas con alguien y ya lo conoces muy bien, toma en cuenta cómo se pueden ayudar mutuamente, evitando llevar el doble de cosas y previendo sus costumbres. En mi caso, no se me puede olvidar que Jorge cuenta con mi cepillo de dientes, pasta, crema y espacio con kilos sobrantes de la maleta. Si lo contemplo, me evito desagradables sorpresas y riñas tontas. Si no, mi cara fruncida acompañada de quejas constantes crean momentos involvidables. 
  13. Recuerda, si se te olvidó algo. Improvisa, todo saldrá bien.
    En esa maleta logré empacar 14kg y sobró espacio
    Poco espacio y eventos de vestir= planesr muy bien

Rincones

De lo que más disfruto hacer mientras viajo es encontrar rincones que me fascinen, por su originalidad en diseño, ingenio arquitectónico o simplemente por su encanto.

Este pequeño café que parece recién salido de un cuento de hadas y el restaurante bibliotek fueron de mis rincones favoritos en San Petesburgo.

Россия (Barreras, parte 2)

19 de septiembre 2014, llegada a San Petesburgo

La llegada fue dulce. El aeropuerto era grande y contemporáneo. De repente me  invadió la paz que me había quitado el portugués de migración.  Como era de día, la incertidumbre de la oscuridad quedó a un lado. Sobre todo cuando llegamos al hostal, el cual se encontraba en el interior de unos edificios. Nunca había visto una estructura así. Había tiendas fuera de la cuadra y un pasadizo sombrío que nos llevaba al interior de otro mundo. Mi intuición me dijo que era una especie de vecindad  protegida de concreto para aguantar los famosos fríos rusos. La zona del hostal se encontraba todavía más adentro, en una psicodélica  comuna de jóvenes con dibujos de mapaches animados en la fachada de los edificios. Había bares para jóvenes y tiendas de diseño.

La encargada del hostal hablaba poco inglés, pero suficiente para entenderle las indicaciones. No había extranjeros estadounidenses y muy pocos europeos del oeste. Pero se notaba que San Petesburgo era un destino para los  vacacionistas de cruceros: había muchos restaurantes donde algunos meseros hablaban inglés.

El alfabeto cirílico no era tan difícil. ¿o sí? No sé si fue  gracias a Jorge o por lo maravillada que estaba por la capital que una vez albergó a los zares, por su ostentosa y descuidada cultura que es difícil percibir por lo edificios viejos pero abrumadora dentro de sus museos, iglesias y restaurantes, no sé, pero el primer día todo parecía demasiado fácil, demasiado increíble. La mafia desapareció por completo dentro de mi cabeza y simplemente disfrutaba lo que tenía enfrente.

 

Barreras

Barreras

16 de septiembre  de 2014

 Al mostrar nuestros pasaportes y boletos al policía de migración del aeropuerto de Portugal (escala para San Petesburgo):

–Do you speak Russian? 

 –No.

Well good luck with that!

 – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

La culpa de querer ir a Rusia radica en su antigua capital imperial: San Petesburgo, perdón, Petrogrado, o mejor dicho, Leningrado. La culpa más bien, la tienen quienes decidieron escribir de ella y con su prosa me conquistaron. Estaba tan anonada por querer conocer el país de Tolstoi, Chéjov y Gógol que jamás pensé ni temí la barrera del idioma; como si el inglés y mi sonrisa fueran lo suficientemente fuertes para derrumbar aquella torre de Babel.

aeropuerto
Abordaje a San Petesburgo

Desperté de mi fantasía cuando pasamos la migración de Portugal. Cuando la sonrisa sarcástica del policía nos dijo: “Good luck with that!”. En ese instante sentí los nervios del viaje que Jorge y yo íbamos a empezar. Recuerdo perfecto que al lado de nuestro sala de espera había un vuelo con destino a Ucrania. Sentí el miedo en el estómago. No habían pasado dos meses del tan polémico vuelo de Malasya Airlines derrumbado por los rusos. Las noticias tuvieron la capacidad de acortar tanto las distancia que sentía que íbamos a tierra hostil; al territorio enemigo del mundo, al de mafias descorazonadas, al país del gran y polémico presidente Vladimir Putin. Mi corazón latía fuerte y en mi cabeza no me dejaba de repetir la misma pregunta: ¿Estábamos locos?