Hacer la maleta…

Hacer la maleta siempre es una odisea, sobre todo porque cada salida tiene sus singularidades. Por ejemplo, es  muy distinto empacar para una boda que para un viaje de aventura. 

Situación actual:

  • Próximo viaje: Boda de mi cuñada
  • Máximo de peso permitido: 15kg 
  • Total de días fuera: 5
  • Eventos a asistir 2-3 

El peso permitido por cada aerolínea junto con la necesidad de ser práctica, ligera pero a la vez mujer hicieron que les quisiera compartir los detalles que tomo en cuenta antes de empacar. 

  1. El clima: la boda es en el centro de México, se supone que durante el verano es la temporada de lluvias, las cuales no han empezado; por lo que voy a un lugar que está a 30-35 grados, pero que las casas no tienen las instalaciones para sufrir esos calores, agregándole la alta posibilidad de que puede llover cualquier día y refrescar (una baja de casi 10 grados). 
  2. El peso y dimensiones del equipaje: En esta ocasión me tocó viajar  en tres aerolíneas distintas donde cada una tiene su máximo de peso y dimensiones de maleta; no hay peor sorpresa que un cargo extra, por lo que me aseguré de estar bien informada antes de llegar al aeropuerto y evitar un trago amargo. 
  3. ¿Cuántos cambios necesito? Cada viaje tiene sus exigencias, en lugar de echar “para lo que salga”; trato de organizar mis outfits de acuerdo al plan (nunca está de más llevar una blusa de color neutro casual que con un collar se vea formal).
  4. Accesorios y zapatos para repetir: Trata de que los tenis o flats que lleves combinen con tus atuendos, así los usas más de una vez. Si necesitas tacones o plataformas, lleva unos que queden con todo, pesen poco y  abarquen poco espacio. Lo mismo te recomiendo con los accesorios, sobre todo si son voluminosos. 
  5. Ten muy claro qué puedes repetir. Por ejemplo: tu atuendo de ida y vuelta y ni se digan los pantalones. 
  6. Si hace calor: faldas, vestidos o shorts. Pesan mucho menos. 
  7. Si no tienes preferencias de champú y crema, recuerda que en casi todos los hoteles hay. Si sí, olvida los botes de litro y compra los de 100 ml. 
  8. Pero que no se olvide: el desodorante, cepillo y pasta de dientes, cepillo, spray o gel para peinarte, jabón facial, broches, ligas y… Agua, antes de llegar al hotel, depa, hostal… Compra tu botella de agua. Es horrible llegar  y ver que no haya, o peor aún, que te cobren el triple por ella. 
  9. Lo que siempre debes traer: ropa interior, un suéter y traje de baño. 
  10. Si vas a una boda: recuerda que el día de la boda no sólo debes llevar lo que te vas a poner para el evento, también un cambio casual (que puedes repetir después) para traer durante el día. Se los digo porque ya me ha pasado; contemplo todo menos ese rato de ocio. 
  11. Si te gusta hacer ejercicio, piensa en rutinas de piso para evitar él peso y espacio de unos tenis (muchas veces me los he llevado y regresan sin usarse). 
  12. Piensa en tu pareja: Si viajas con alguien y ya lo conoces muy bien, toma en cuenta cómo se pueden ayudar mutuamente, evitando llevar el doble de cosas y previendo sus costumbres. En mi caso, no se me puede olvidar que Jorge cuenta con mi cepillo de dientes, pasta, crema y espacio con kilos sobrantes de la maleta. Si lo contemplo, me evito desagradables sorpresas y riñas tontas. Si no, mi cara fruncida acompañada de quejas constantes crean momentos involvidables. 
  13. Recuerda, si se te olvidó algo. Improvisa, todo saldrá bien.
    En esa maleta logré empacar 14kg y sobró espacio
    Poco espacio y eventos de vestir= planesr muy bien
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A través de la mirada de otros

Saliendo de Australia me compré un libro llamado The shadow of the sun del polaco Ryszard Kapuscinski. Lo compré porque era un escritor demasiado mencionado en la Universidad, pero nunca lo había leído. Hasta que empecé a leerlo descubrí que era un compendio de artículos que narran las experiencias de este periodista en África. Dentro de estas páginas me encontré un reportaje que me ayudó muchísimo a comprender una película que había visto por accidente un cuantos años atrás: Hotel Ruanda. En el artículo Conferencia sobre Ruanda Kapuscinski me abrió los ojos sobre un conflicto que concluyó con el genocidio de 1994. No puedo decir que lo entendí, pero vi un amplio panorama que me ayudó a ver el contexto de una tragedia.

Ayer tuve la oportunidad de ir ala conferencia de una sobreviviente tutsi llamada Immaculee Ilibagiza, no he leído su libro, Sobrevivir para contarlo , pero la escuchaba hablar sobre el perdón mientras daba su testimonio de lo que vivió y no podía dejar de sorprenderme. No sé si alguno de los que estuvo presente vivió algo similar, pero precisamente porque alguna vez vi una película y leí un artículo sobre lo que pasó en Ruanda, escucharla y ver el dolor que no puede olvidar combinado con la paz que transmite fue algo extraordinario. Me sorprendió oír cómo decidió a través de los años sanar el rencor sembrado por los hutus; el mismo rencor que a los hutus los hizo reaccionar con la masacre tribal que exterminó a su familia y amigos.

Sigo pensando y reflexionando en lo que ayer me enseñó Immaculee, porque la única forma de explicar su alegría, es Dios, pero Dios enserio, no el de “en casos de emergencia”. Espero que se den el tiempo de ver la película (está en Netflix)  y leer el artículo que les enlacé. Porque si aprendí algo ayer, es que la mayor herramienta para lograr la paz es el perdón.

 

 

Imagina qué…

Decidí meterme a un concurso de cafebrería el Péndulo y he aquí lo que se me ocurrió escribir después de pensar en mil opciones de cómo pudo haber sido esa fiesta con los personajes históricos… La verdad es que escribir todo en menos de mil caracteres es bastante retador.

El título… Se las debo jaja, pero le puse: “Fiesta de palabras” (pero cero me convence)

Llegué ahí por Facebook. Era uno de los tantos eventos publicados entre “mis amigos” y no me lo quería perder. La idea era sencilla pero atrevida: una fiesta cuya música serían las palabras de un diálogo profundo. Cuando entré vi a varios de mis amigos rompiendo el silencio con alguno de sus ídolos: Cristina hablaba con Kurt Cobain, Antonio con las Brontë, Rafa con Einstein y Jorge con Mandela. A lo lejos vi la mesa en donde quería estar: Victor Hugo, Kapuscisnki, Agnes Gonxha y no podía faltar mi querida Carmen queriendo liderar aquella conversación. Moría por decirle algo a todos, pero mi impulso hizo que los interrumpiera y me dirigiera a Agnes:

-¿Cómo le hiciste? Estuve ahí y lo que lograste es…

-Extraordinario. –Interrumpió Kapuscisnki.

La madre Teresa me sonreía con aquella paz tan difícil de percibir hoy en día.

-El amor. –Dijo Victor Hugo.

Agnes sólo me tomó de la mano y siguió sonriendo mientras Carmen aprovechaba el tema para tocar la situación actual en India.

Peregrinar

Hace un año Jorge y yo llegamos a Pedrouzo, la última parada antes de llegar a Santiago de Compostela. Faltaba un día para concluir “el camino” y me sentía con muchos sentimientos encontrados. Emociones  que simplemente al recordarlas vuelvo a revivir.

Conocí el Camino de Santiago por El peregrino de Paulo Cohelo. Estaba en tercero de secundaria cuando una amiga me lo prestó y empecé a leer lo que significó el peregrinaje para el autor brasileño. Recuerdo perfecto que cuando lo terminé pensé: “Viejo loco”.

Los años pasaron. Mis ganas de estudiar Periodismo y el pavor que le tenía a la Ciudad de México me llevaron a Pamplona, Navarra. Sí, esa ciudad famosa por los toros y sanfermines; pero para los que saben del camino de Santiago, también se le conoce por ser una de las paradas de la ruta francesa. En mi caminar a la universidad vi por primera vez a peregrinos. Pasaban con shorts, botas, chanclas, impermeable; andaban a pesar de la  lluvia, viento,  nieve o calor; eran mayores, jóvenes; sonrientes, serios. Fueron  ellos quienes me inspiraron a decir: “algún día”.

“Algún día” llegó  pronto. Casi cinco años después de haberme graduado. Lo que hacía especial el momento era que mi esposo  y yo nos habíamos tomado ocho meses para viajar, era el momento perfecto para caminar sin prisa. Coincidió además que ese año tenía un tinte especial para mí: en diciembre del 2014 cumplí veinte años de que me diagnosticaran leucemia. Dieciocho años atrás estaba en silla de ruedas a causa de una osteoporosis severa provocada por la cortisona. Cuando inicié “el camino”, no podía dejar de pensar  en el pasillo del hospital, donde cada paso que tenía que dar con mis muletas era sinónimo de tortura. La sencilla razón del porqué hacer el camino de Santiago era, precisamente, porque podía.

 

 

La llama eterna

La llama eterna

Quisiera decir que el monumento al soldado desconocido en Rusia se encuentra en el Kremlin de Moscú, que es el único que honra a las víctimas de la guerra, sobre todo a las de la Segunda Guerra Mundial, pero no. En cada ciudad que visitamos en Rusia está la flama encendida honrando a los soldados que murieron. Nada más en la Segunda Guerra Mundial hubo veintisiete millones de muertes.

Homenaje al soldado desconocido en San Petesburgo
Homenaje al soldado desconocido en San Petesburgo
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Flama eterna en Nevyansk

En otras palabras, casi todas las familias rusas perdieron un familiar. Por más que setenta años se sientan muchos, para quienes vivieron la Segunda Guerra Mundial, las heridas siguen recientes. Nosotros los mexicanos no tenemos idea de aquel dolor. Nuestros abuelos nos podrán contar que fueron pobres, tuvieron hambre, que no tenían muchos juguetes, la gran salida era el cine y tuvieron que trabajar desde niños. Tal vez alguno de sus papás se murió de una enfermedad pero una guerra y sus estragos… solo los que llegaron huyendo de las revueltas europeas…   La última guerra que vivimos fue la revolución, en 1910. No puedo hablar aquí de la guerra del narco porque no es tan pareja como lo fueron las Mundiales. En las guerras europeas no importaba tu estatus social, si estabas involucrado en ella o no. Fueron injustas para todos. Todavía hay minutos de silencio el día que estallaron, seguimos reviviendo aquello con películas y libros, cuando visitamos países como Austria, se nos explica cómo la mayoría de la Viena tuvo que ser reconstruida… Quisiera decir que tenemos idea, pero no. Rusia es una de ellas, aunque se nos olvide por las constantes  noticias negativas de este país, cabe recordar que en la Segunda Guerra Mundial fue uno de los países aliados.

Mi corazón viajero

Mi corazón viajero

Cuando Jorge y yo empezamos a viajar por el mundo sabía que corría el riesgo de no volver a ver a mis abuelos o a Rafa. Entiendo que la vida es tan frágil que un día podemos estar platicando con alguien y al otro, se nos fue. Pudo haber sido un ataque al corazón fulminante o un accidente. Pero también están los que se despiden lentamente. Los que un día están bien y al otro, ya no tanto. Son los que te advierten, los que ves cómo poco a poco y lentamente te dicen adiós, no porque quieran, sino más bien porque su cuerpo se va apagando. Por eso, tenía miedo, y por eso tal vez desde el día que me despedí de ellos asumí la realidad de su muerte, pidiéndole a Dios de forma secreta que me dejara volver a verlos.

Quisiera decir que siempre he entendido la muerte como parte de la vida, pero en mi casa somos sobrevivientes, literal. Yo sobreviví a la leucemia a los ocho años, mi mamá a que su corazón se detuviera gracias a un marcapasos de emergencia. Tengo dos tías que han tenido un trasplante de riñón y siguen con nosotros. Hoy día llamamos a esto, “sobrevivientes”, “luchadores”, “guerreros”… Contrario a Jorge, vivo en una familia donde el nearly miss (casito, pero no), es parte de nuestra vida. Aprendí a pedir desde pequeña por los enfermos, pero siempre para que sobrevivan, ¡siempre! Para tener la anécdota del luchador indomable, para hablar del gran guerrero, para enojarme si las cosas no salían así. Precisamente porque tuve cáncer, también tuve que despedirme de varios amigos. Algunos murieron durante sus quimios, otros después de recaer,

Hace unos cuantos años, Óscar, mi hermano mayor y yo, tuvimos una de nuestras pláticas filosóficas en las que hablábamos de la muerte. Concluímos una sola cosa, Dios siempre nos ha dado lecciones de echarle ganas, luchar, sobrevivir, pero, no sabemos soltar. Pregúntame de cómo manejar el sufrimiento aguantando, pero no de expresar o dejar ir. Se supone que soy católica practicante y creyente y sin embargo, cuando se trata de la muerte, me da pavor.

Así me fui a nuestro viaje, pensando y con mucho tiempo para pensar.