Decidimos cruzar el país de Norte a Sur para celebrar nuestro tercer aniversario. Nuestra primer parada fue Bacalar, el famoso lago de los siete colores. Pero éste parecía un movedizo estanque. El dueño del hotel boutique me comentó que el viento era ideal para un paseo en velero. La última y única vez que estuve en uno había sido en Puerto Vallarta, uno o dos días antes del huracán Manuel, las olas pronunciadas en el lago azul cristalino no me alentaban a pesar de no ser mar abierto.

Dejamos Bacalar para llegar a nuestro destino de los próximos días: Mahahual. Llegando al pueblo costero de Chetumal nos dirigimos al local de buceo recomendado por la Lonely Planet, Gypsea divers. Había dos letreros en la cabaña, uno que indicaba los horarios de apertura con un pequeño paréntesis que agregaba “most of the time“. Pero “casi todo el tiempo” no era en ese momento. Justo arriba había un pizarrón con las palabras más decepcionantes del día: “No habrá salidas por el clima”.

Caminamos un poco más por el hostal que acompañaba la diminuta tienda, solo había un bartender. Mientras Jorge era atendido, decidí pasear por el desertado malecón acompañada más que nada por el viento. En cuanto encontré a un vendedor de tours le pregunté el diagnóstico. “El puerto está cerrado por mal tiempo”. La condena hizo eco en mis oídos. “¿Cuánto durará así?”, le pregunté. “La experiencia de viejo marinero me dice que unos dos o tres días”. 2645 kilómetros recorridos con una enfermedad estomacal implacable para no poder explorar la vida marina. Sin querer resignarnos decidimos preguntar en otro local; confirmado. Durante el fin de semana no habría excursiones.

Vida en el coral
Un cuadro hecho a base de mosaicos de sandalias

Decepcionados por la catastrófica bienvenida nos dirigimos a nuestro pequeño hotel que se encontraba a media hora de distancia del pueblo. La fuerte brisa del mar estaba acompañada de olores putrefactos por el otro fenómeno de temporada que oscurecía las aguas turquesas del Caribe: el sargazo. El alga acumulada en la orilla del mar empezaba a secarse, despidiendo un olor similar al del desagüe con residuos estancados. El paisaje también estaba decorado con basura que el viento paseaba por la carretera y los múltiples terrenos en venta.

Chanclas para mosaico
La dueña aprovecha las chanclas que traer el mar para hacer arte.

A la llegada de las cabañas nos consoló lo acogedor del lugar. Estaba lejos, sí, pero el cuarto era grande, había muchos libros para consultar, unas hamacas y una vista prometedora frente al mar. El restaurante y bar estaban en la cabaña principal pegada a recepción. El ocio y la falta de quehacer volcaron mi atención a los cuadros que decoraban el espacio. Aquello que parecían pinturas representaban la vida del arrecife. Peces de múltiples colores, corales y el mar. Me gustaron tanto que empecé a preguntarle a nuestro anfitrión su origen:”Están hechos de chanclas” –me respondió– “la dueña del hotel los hizo”. Lo que tenía frente a mí eran piezas hechas por mosaicos, que en lugar de utilizar piedra, vidrio o cerámica eran retazos de sandalias.

“¿Todas vienen del mar?”, pregunté asombrada. “Sí, aquí recibimos basura de Centro América, Venezuela, Colombia, los cruceros… No sabemos por qué, pero tenemos mucha”.

La caminata del día siguiente verificó lo dicho por Martín, la costa estaba decorada por una guía de sargazo cuyas esferas eran basura de todo tipo. Quise reunir aunque fuera algunas chanclas, pero muy pronto mis manos se llenaron de éstas. También había muchas botellas de gatorade, champú,  cremas, refrescos, algunos sin siquiera ser abiertos, Jorge incluso se encontró una botella de cerveza de Venezuela. También electrodomésticos y platos desechables. Mis ojos comprobaban lo que había visto en videos muchos años antes. Cuando en Culiacán hablaban de la importancia de reciclar, evitar el consumo desmedido  y las imágenes de adónde iban todos los desechos. En el video que me pusieron hablaban de una isla en el pacífico, no de la costa Maya en el Atlántico. Martín también nos contó que las oleadas de basura a veces traen consigo droga, mercancía que los traficantes tuvieron que tirar para evitar el arresto de la Marina.

El último día de nuestra visita al segundo arrecife más grande del mundo tuvimos la suerte de poder  hacer esnorkel cerca de la residencia que nos hospedaba. “La punta” no tenía tanto sargazo y a poca distancia iniciaba el festín de colores con peces de diversas especies y tamaños. Aquello fue una probadita para dejarnos con ganas de volver en temporada buena. No pudimos conocer a la artista de los cuadros pero la hospitalidad de su personal, esposo y su creatividad e ingenio por hacer arte con desperdicios fueron el más grato recuerdo que me traje de ese pequeño oasis cerca de Mahahual.

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