Para mí la ciudad de México siempre ha sido sinónimo de muchísimo tráfico e inseguridad. Nada más me acuerdo de dos veces en los que estuve de vacaciones. La primera, fue a los siete años, mi primer viaje sola con mis primas y cuidada por mis tíos. La segunda, diez años después, cuando mis  primas y yo aprovechamos llegar unos días antes a la boda de otra prima (en México las familias son grandes, además, si no son primas de sangre, son “de cariño”). El resto de oportunidades que he tenido de visitar la capital han sido  por horas o los menos días posibles. Nunca para disfrutar, más bien, para sacar trámites legales (visas), de escala o citas con el doctor. No sé por qué, pero esa ciudad de veintidós millones de habitantes era en mi cabeza sinónimo de caos, nada más.

Como si las noticias y los relatos de otros provincianos me sembraran el mismo terror que la bruja le da a Rapunzel. Me da hasta risa pensar ahora que por muchos años ni siquiera me moví del consultorio del doctor al que visito en el D.F. nada más porque de frente, estaba la enorme e intimidante avenida de Insurgentes, pero del lado opuesto,  siempre estuvo una de los barrios más bonitos y seguros: La Condesa (específicamente, Avenida Amsterdam, vista por varios chilangos, como la mejor zona de ese barrio). Bien es verdad que hace diez años o tenías tu taxista de confianza o un chofer privado que te llevara a las vueltas durante el día. Agarrar un taxi de la calle era poner en grave riesgo tu vida. Es hasta hace poco que empecé a entender por qué les cuesta tanto regresar a su ciudad a los de provincia que  se van a vivir al D.F. También acabo de caer en cuenta, que quienes vuelven, a los tantos años sus hijos deciden vivir allá.

El D.F. es una ciudad de cultura, competencia, historia y contrastes. Tiene la misma capacidad de cualquier ciudad cosmopolita en el mundo, una forma de hacerte sentir vivo, pequeño, de mundo, ingenuo, audaz. Esa revolución limitada a las ciudades vistas como hervideros de ideas, creatividad y riesgos. De las que para algunos bastan días, otros meses, hay quienes necesitan años y siempre están los que una vida apenas es suficiente.

La semana pasada Jorge y yo pasamos unos días disfrutando las cuatro cosas que a Jorge le gusta hacer en las ciudades grandes: caminar, comer rico, visitar museos e ir a un musical u obra de teatro.

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En las calles de Coyoacán

Caminamos por Coyoacán, Condesa, Polanco, Reforma y el Centro Histórico. La diversidad que se ve en cada zona es parte de lo único que hace esta ciudad. Coyoacán es el lugar por excelencia de los tianguis o flea markets (mercado ambulante donde se venden diversos artículos, algunos usados, otros no). Ahí vas encontrar distintos puestos con bisutería, decoración, ropa, ornamentos indígenas, hindús, dulces típicos, especies, en fin, lo que en México se conoce como chácharas, aquellas cosas que realmente no necesitas pero sirven como recuerdos. Además, Coyoacán es el lugar a visitar si buscas esa parte de México en la que se entremezcla la arquitectura virreinal con el toque de cultura indígena. Coyoacán es más bien para disfrutar su mercado y comer unas quesadillas de huitlacoche o flor de calabaza.

La Condesa por su parte es una zona de buena ubicación por su conectividad a la ciudad. En términos citadinos, aunque haya lugares de media hora de distancia (dos o más horas con tráfico), está conectada. En muchas revistas se le compara con Soho de Nueva York, por ser el lugar de jóvenes, muchos restaurantes, bistros y con ese toque de efervescente creatividad.

Caminar por el paseo de la Reforma, es sentirte en el corazón de la ciudad, alzar tu mirada y ver el Ángel de la Independencia mientras escuchas y ves los carros pasar a la velocidad que el tráfico se los permita.

Cuando llegas a Polanco te sientes en esa especie de disneylandia, un mundo aparte, ajeno y chic. Los Campos Eliseos (evoca la famosa avenida parisina) es la calle de Polanquito donde se ubican todo tipo de restaurantes del bien comer. Algunos de firmas mexicanas y otros de renombre  internacional.

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Palacio de Bellas Artes

El Centro Histórico es el lugar donde todo empezó. Donde los Aztecas fundaron la capital de Tenochtitlán en el siglo XIV. La cual Hernán Cortés transformó en ciudad virreinal de Nueva España en el siglo XVI. En el alma de la ciudad de México está la Plaza de la Constitución (el Zócalo)  donde cada 16 de septiembre el Presidente da el grito de Independencia. En ella se encuentra la Catedral Metropolitana, Bellas Artes, el Museo del Templo Mayor, museos históricos de diversas índoles, oficinas administrativas de Gobierno y un ancho paseo peatonal donde los vendedores te gritan para que te animes a comprar con ellos lentes. Hay tiendas de todo, desde artículos religiosos hasta papelerías y tiendas de ropa de marcas internacionales. Es una zona bulliciosa, repleta de personas que van a trabajar, estudiantes y turistas.

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Museo Soumaya, de Fundación Carlos Slim

Tal vez para quienes quieran vivir “el auténtico México”, Polanco, la Condesa o Santa Fé sean una decepción, pero hay algo muy importante que uno debe entender al hablar de México: es un país repleto de contrastes. Su capital es ejemplo de ello, te ayuda a comprender que México es uno de los países más desiguales del mundo, en el que 53.3 millones son pobres.  Podrás ver una zona financiera comparable con las de las ciudades más importantes del mundo, pero a unas cuadras se encuentran los barrios más pobres y peligrosos. Al ir en taxi o Uber (una alternativa actual que sientes mucho más barata y segura que tomar un taxi de la calle) vas a pasar por vecindades, por más que estés en la vía rápida de Periférico, desde ahí verás casas pequeñas, zonas descuidadas y respirarás olores de todo tipo.

La ciudad de México tiene muchísimo que enseñar. A pesar de su corrupto Gobierno, el volverla a convertir en una ciudad para disfrutar (por supuesto, siempre con el colmillo que un mexicano sabe no debe descuidar) hace que merezca la pena dedicarle unos días. Sobre todo porque el dólar ésta haciendo que Estados Unidos pase a otro plano…

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