Pido una disculpa porque hoy no hablaré de viajes. Pero sí de algo que me fascina y nunca deja de sorprenderme: los libros, sobre todo los clásicos. Son esas historias que cuando estaba chiquita, más de una encontraba bastante aburrida y con un vocablo difícil para mí. Pero con los años he aprendido a leer y saborear las historias. Lo que más disfruto de los llamados “clásicos” son su capacidad de trascendencia. De siempre tener un aprendizaje genial. De alguna forma, tienen la capacidad de despertarte y recordarte cuál es la verdadera esencia del hombre. La historia, los personajes, el contexto y el diálogo te enseñan de la época, la forma de pensar de aquél entonces y sobre todo que el hombre, a pesar de que evoluciona con el tiempo sigue manteniendo su esencia. Creo que los clásicos tienen la capacidad de simplificar las lecciones de vida a través de una historia cuyo contexto histórico y social son una excusa para indagar en el hombre.

Ayer leí un diálogo extraordinario en la novela de Mark Twain, Huckleberry Finn. La conversación es entre Huck (un joven adolescente que decide huir de su padre) y Jim ( un africano-americano que se escapó por temer a ser vendido como esclavo). Mientras hablan de los reyes, cambian el tema en torno al lenguaje y lo ilógico que es que el hombre hable distintos idiomas. Yo creo que los dos tienen razón. ¿Tú que opinas?

–No, Jim; no entenderías ni una palabra de lo que dicen… ni una sola palabra.

–¡Hombre! ¡Ahora sí que me has matado! ¿Cómo es eso?

–Yo no lo sé, pero es así. Saqué de un libro algo de su jerigonza. Suponte que se te acerca un hombre y te dice: “palebufransé”… ¿qué pensarías tú?

–No pensaría nada. Le daría de lleno en la coronilla. Es decir, si no fuera un blanco. A ningún negro le consentiría que me llamara eso.

–Pero ¡si eso no es llamarte nada! Solo es preguntarte.

–Pues entonces, ¿por qué no podía decirlo?

–Pues me parece una manera absurda y y no quiero oír más de ella. No tiene sentido común.

–Escucha, Jim: ¿habla un gato como nosotros?

–No; un gato no.

–Bueno, ¿y una vaca?

–No; una vaca tampoco.

–¿Habla un gato como una vaca o una vaca como un gato?

–No señor.

–Es natural  y está bien  que hablen diferente uno de otro, ¿verdad?

–Claro.

–¿Y no es natural y no está bien que un gato y una vaca hablen de distinta manera que la nuestra?

–Pues claro que sí, naturalmente.

–Pues entonces, ¿por qué no es natural y no está bien que un francés hable diferente manera que nosotros? Contéstame a eso.

–Es un gato un hombre Huck?

–No.

–Pues entonces, no es de sentido común que un gato hable como un hombre. ¿Es una vaca un hombre?… ¿O es una vaca un gato?

–No; ninguna de las dos cosas.

–Pues entonces, tampoco tiene derecho hablar como ninguna de las dos. ¿Es un francés un hombre?

–Sí.

–¡Pues entonces! ¡Qué rayos! ¿Por qué no habla como un hombre? ¡Contéstame tú a eso!

Comprendí que gastaría mi saliva en vano. Es inútil querer enseñar a un negro a discutir. De modo que me di por vencido.

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