Camino a Yekaterimburgo

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Camino a Yekaterimburgo
Yekaterinburg, Russian Federation

Yekaterinburg, Russian Federation


El tiempo y la tecnologías son grandes regalos que bien utilizados pueden hacer cosas extraordinarias… Jorge y yo estamos en el transiberiano rumbo a Yekaterimburgo. Mientras disfrutamos del recorrido, decidimos escuchar la clase de un profesor gringo (“classics of russian literature” del profesor Irwin Weill de la universidad Northwestern de Chicago) que Jorge encontró dentro de la serie de los libros “Great Courses” que vende Audible, Amazon. El Sr. Weill nos enseña sobre los autores de la cultura que hemos estado conociendo estas últimas dos semanas. Desde mi perspectiva, puedo decir que pasé de la teoría y la imaginación, a la realidad (mi interés por Rusia fue por Tolstoi y las clases que tuve en la carrera de Arte y Literatura); porque ahora tengo la capacidad de ver, sentir y vivir lo que aprendí. Es más, creo que todavía es más intenso porque sigo conociendo, descubriendo; todo es sorpresa y a la vez algo previamente conocido. Mientras mi mente se revoluciona con la literatura, admiro a través de la ventana los paisajes de la Rusia rural: un hermoso bosque que cambia de colores: del verde, al amarillo, rojo y naranja que anuncian el corto otoño, antecesor del largo y terrible invierno que llega a los -40 grados centígrados. De fondo escucho al profesor Weill por el IPhone. Me explica con su voz y pasión sobre Alexander Pushkin, el padre de la literatura moderna rusa. Me narra su ingenio, el contexto en el que vive, su increíble capacidad de improvisar poesía. Me dice que se comparaba con Mozart, me cuenta anécdotas, me enseña de donde viene lo que escribe. Estoy maravillada en los dos mundos. En el del escritor y el del profesor. Los dos son genios: uno por su sensibilidad y capacidad de crear historias a través de lo que veía y sentía y el otro, por enseñarme y entretenerme sin estar presente. Me cuenta una historia llena de datos, anécdotas, amoríos… No solamente me enseña de Pushkin, sino de lo que lo inspiraba, de sus problemas, retos, celos y pasiones. Eso me sorprende aún más, como un hombre durante sus cursos de media hora me transporta: empieza su clase con una idea principal que concluye perfectamente al terminarla. No lo veo, tampoco tengo sus diapositivas, sólo su voz que entrelaza la antigüedad con la actualidad. Que te habla del pasado y del presente, te compara con películas, te justifica los hechos de una escena de un largometraje como “Russian Ark” (2002 dirigida por Alexander Sukoruv) y “Amadeus” (1997, una adaptación del musical de Broadway, película dirigida por Milos Forman) A través de la historia. Y entonces pienso: “heme aquí escuchando a un cuenta cuentos como los de antes, hablar de un poeta que inspiró y seguirá inspirando a muchos cuenta cuentos”. Se termina la sesión, volteo a ver el paisaje y hago una pausa. Necesito escribir esta experiencia que tiene como protagonistas a la naturaleza, la tecnología e historias.


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